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Hay bandas sonoras de películas, pero en este caso hablaremos de la película que rodaron para una banda sonora. La hicieron los candelarios, gentilicio de los habitantes de Puerto Candelaria. Nos invitaron y nos dieron un papel a cada uno, lo interpretamos al pie de la música, no de la letra. Se tomaron nuestros cuerpos como lo hacen en cada concierto, pero esta vez vinieron a contarnos historias de ese lugar misterioso, mágico y maravilloso, lleno de gente rara, donde el primer renglón de la economía lo ocupa la alegría y la música es el producto de exportación.

Esta vez nos dejaron viajar, estar frente a frente con el faro que alumbra al mediodía, que ilumina con merengues góticos, chucu-chucu cibernético y cumbia rebelde. Nos dejamos dirigir por la genialidad del Sargento Remolacha, el místico del pueblo. Aún no sabemos qué nos hizo. Recordamos un exorcismo al revés. Se tomó nuestros cuerpos y revivió en ellos lo que, por fortuna, a todos nos queda de negros. Nos hizo alegres, mejores y dignos habitantes de ese lugar tan cercano y lejano a Medellín, Puerto Candelaria, nuestra única salida al mar.

Amor y deudas es un delirio musical colectivo puesto en imágenes, en movimientos, en gestos y presencias. Esta nave de locos, se tomó el Teatro Pablo Tobón Uribe, , para transformarlo en la Plaza de la Candelaria, para hacernos felices con el despecho, reír de la tristeza y traer a ese pueblo al que sólo se viaja a través de las notas de este grupo.

Como si fuera poco el talento de esta isla flotante, delegaciones de honor llegaron al evento para acompañar los discursos del bigotudo Caballero del bajo. Grandes y delirantes músicos, raros todos: la sonora y brillante presencia de Jacobo Vélez, el místico Callegüeso, el mismo que venció al putas; la mágica y metafísica aparición de Madame Periné: Catalina García; Esteban Mateus (€œEsteman)€, que definitivamente es el personaje más divertido de la escena musical colombiana; y, por supuesto, el sueño cumplido de tener a la dama del rock, a la Ruiseñora, Andrea Echeverri.

Puerto Candelaria nos llevó así de una experiencia otra, el sentimiento vivo de que la música no tiene límites ni academia, que se parte siempre desde la arena de lo ya conocido hasta el mar de infinitas posibilidades, de encantamientos que, con la serenidad y el desparpajo de quien no tiene ninguna duda sobre el territorio que transita, nos lleva de la mano hacia el disfrute y la comprensión de nuestras más hondas raíces.

Puerto Candelaria es sinónimo de libertad, y este DVD bien lo demuestra. Amor y deudas es como el corolario de una tradición tan antigua como el continente vivo de donde nos viene el ritmo secreto de la sangre. Estamos, quizá, frente a uno de los grupos más singulares y auténticos de los que tengamos noticia en las últimas décadas. Alegría y más alegría, riesgo y vitalidad son su bandera y su escudo.


Es este trabajo reciente de Puerto Candelaria un nuevo recurso para creer, para reinventarnos y despertar nuestro oído a nuevas músicas, no sólo a las que abren el disfrute y la fiesta, sino a las que nos señalan otro estado de las cosas, del tiempo, nuestro tiempo, y nuestra verdadera identidad.

Los Candelarios somos:

- El Sargento Remolacha (Juancho Valencia: Dirección, composición, teclados y programaciones)
- El Caballero del Bajo (Eduardo González: bajo, voz)
- Joselo, El loco (José Tobón, saxofón soprano)
- Barromán (Cristian Ríos, trombón)
- Cosito (Juan Guillermo Aguilar, percusión: Cosseta)
- Diggy, el niño (Didier Martínez, percusión: Diggypaila)

Invitados especiales:
Ruiseñora (Andrea Echeverri) Madame Periné (Catalina García - Monsieur Periné) Esteman (Esteban Mateus Williamson), El Callegüeso (Jacobo Vélez)

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